
El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo.
La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso.
Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ello son los que pasan al otro lado.
Yo amo a quienes, para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas, sino que se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del superhombre.
Yo amo a quien vive para conocer, y quiere conocer para que alguna vez viva el superhombre. Y quiere así su propio ocaso.
Yo amo a quien ama su virtud, pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo.
Yo amo a quien delante de sus acciones arroja palabras de oro y cumple siempre más de lo que promete, pues quiere su ocaso.
Yo amo a quien es de espíritu libre y de corazón libre; su cabeza no es así más que las entrañas de su corazón, pero su corazón lo empuja al ocaso.
Yo amo a todos aquellos que son como gotas pesadas que caen una a una de la oscura nube suspendida sobre el hombre, ellos anuncian que el rayo viene, y perecen como anunciadores.
Mirad, yo soy un anunciador del rayo y una pesada gota que cae de la nube, más ese rayo se llama superhombre.
Así habló Zarathustra