Nada es lo que parece...
Cuando las emociones y las pasiones se apoderan de nuestro día a día, ¿no es verdad que todo nos parece que es, cuando en realidad no es? ¿No es verdad que siempre tenemos una cierta tendencia a percibir el mundo tan cual nos gustaría que fuese? ¿No es verdad que un alto porcentaje de veces la realidad nos da en las narices sin poder hacer más que esquivar el golpe o, como mucho, curarlo lo antes posible?
Las personas somos seres racionales y pasionales, al revés que los animales, cuya vida la dirigen únicamente sus múltiples instintos. Esto no es una ventaja en las ocasiones en las que la pasión le puede a la razón. En esos días en los que la ilusión de que algo se convierta en un hecho se transforma en una burbuja en la cual encerramos nuestra vida, de la que hacemos depender nuestras acciones, en esos días rosas en los que hacemos volar la imaginación construyendo un universo paralelo en el que viviremos anclados sin poder remediarlo, ser así puede ser hermoso.
Pero esa dicha se vuelve sufrimiento cuando la burbuja estalla, impregnándonos de crudeza y realidad, haciéndonos contemplar cómo ese mundo utópico en el que nos habíamos instalado se desintegra y desaparece como la ceniza arrastrada por el viento. Ahí es cuando las personas han de demostrar su madurez, su entereza. Mas, ¿no es verdad que muchas veces necesitamos escondernos bajo el caparazón de nuestra propia tristeza hasta sentirnos preparados para salir de nuevo al mundo?
Esto no es malo, es cuestión de las muchas formas que tiene la convalecencia, y cada uno ha de escoger la suya.